miércoles, 25 de junio de 2008

El Génesis

Bueno, estuve meditando sobre por qué tener un blog en una era en que abundan y hasta tal vez ocupan espacio más allá de la red. Porque sí, quién no pensó en Internet como en una casa de limitadas habitaciones, o un baldío que eventualmente tendrá demasiados residuos patológicos como para aguantar otra porción de mierda. La verdad es que poco me conmueve el hipotético colapso de Internet ante un blog mas, hasta frecuento este pensamiento apocalíptico y fin milenarista (el aviso del fin de los días, de los días pasados, donde se nos prevenía sobre la irrupción violenta de las maquinas). Hoy no escribo con lo que quedó de mi cuerpo después de ese no accidentado fin de milenio, y tampoco escucho a las voces que me advierten -que se asemejan peligrosamente a mi enterrada abuela (una voz que no es la de ella, pero que le sienta más con los tres metros de tierra)- la posibilidad de fin en esta creación "bloguistica". Así que, por qué no.

Cuestiones a saber del autor de esto:

  1. Desconfía de la obra de alguien que dice tener obra.
  2. Concibe a la belleza como aquella cosa que tiene Jasmin Stuart
  3. Cree que un taller es donde se ensamblan piezas. Por lo tanto Epherra no es mas que un mecánico.

Buscaré la tonica de esto. Espero escucharla
Les dejo (porque asumo que alguien lee) un cuento que escribí hace un tiempo y que posiblemente no tenga sentido.

El cuento de Mauro

Seguro es un pueblo de La Patagonia donde todo transcurre. Eso pienso cuando leo las tres hojas con la caligrafía nerviosa de los ojos nuevos, que hace un instante me decían “cuando puedas leelo”.
Es en algunos pedidos, es en esta suplica al hombre equivocado (tal vez todos sean inequívocos hombres equivocados), que el estomago expele ese aroma tan similar al de los volcanes al momento preciso de gritar un nombre reservado para una ocasión especial; se quema en un lugar tan parecido al infierno que no existe más camino que el de cumplir la demanda y baldear el circulo infernal con una refrescante lectura.
Y los ojos de Mauro son nuevos, ya lo dije, pero no creo que con decirlo dos veces se le haga justicia. Los ojos de Mauro vuelven ingrávido al mundo, lo hacen ver mejor, menos ridículo. Y ahí esta de vuelta inquiriendo todo con ojos prismáticos, que son un prodigio algo mas fuera de las orbitas de lo normal. Alguno, seguro otro nene, dirá, de la manera mas cruel posible, que son como de sapo: pero eso es lo justo de un nene: ser lo mas cruel posible, porque todo se esta viendo y todo es como una novela de las tres de la tarde, muy raro para ser cierto. Un metro y medio de ojos que se desesperan, suplicándole (me) a alguien que considera algo que en verdad no es. Tres hojas mas tarde y pienso que también yo pude haber escrito esa historia, también yo pude haber bautizado a un pueblo perdido de, tal vez, quién sabe, la Patagonia.
En el, en el cuento de Mauro, todos los personajes llegan al pueblo por el canto hipnotico de un tocadiscos (que a veces es un Winco o un pasacassettes) que toca canciones como carteles verdes en la ruta. “Bahía Blanca 100 Km.”, “Buenos Aires 650 Km.”, iconos en el espacio que se extiende por llanuras; estos, los que suenan en un pueblo perdido de La Patagonia, son los monolitos musicales de épocas pasadas, que arrastran a los incautos a perderse por las calles rusticas de Mauro.
Pero en el pueblo nadie sabe que esta perdido, todos parecen olvidar que alguna vez viajaron, sin tripulación que los atara a algún mastil, para escuchar el hermoso canto del artificio. Y si se lee bien el cuento de Mauro, se puede ver cómo la vieja Brickman cambio el semblante con unos ojos que parecen listos a saltar por la borda de un barco pirata.
Yo salgo del cuarto de este hotel a que el viento de La Patagonia me arruine mis ojos nuevos.